¡Gracias 2019! —y un autodiagnóstico de felicidad 🤔😅

Angel y Ventura en la cumbre del Buitre (04ENE20) - Gracias 2019 —y autodiagnosis de felicidadEsta Nochevieja tenía mucho que celebrar. Lo comentaba hace unas semanas con unos colegas mientras estábamos de cerveceo por Murcia, que hacía años que no celebraba Nochevieja pero este año sí tenía motivos para hacerlo. Realmente 2019 ha sido un año insuperable para mí —aunque quizá no haya sido excepcional en términos absolutos, sí lo ha sido en términos relativos por comparación con los anteriores donde tuve algún que otro altibajo.

Hace unas semanas tuve la ocasión de conversarbreves minutos con mi colega F. Hacía bastante tiempo que no hablaba con él. Durante muchos años fue uno de mis mejores amigos; supongo que en cierta forma para mí lo sigue siendo aunque entiendo que yo no para él, lo digo por el hecho de que ni él ni gran parte de su familia me saluda desde que escribí mi primer libro «Personalidades múltiples…» (las cosas de los pueblos). Yo sí les saludo a ellos, ¡líbreme Dios de negar el saludo a alguien!, pero ellos no me saludan a mí. Los psicólogos llaman a este tipo de conductas ostracismo (negarle el saludo a alguien, ignorar su presencia, no colaborar con alguien en el grupo…) y hay que tener cuidado porque la víctima del ostracismo, si no tiene recursos suficientes para hacerle frente, puede pasarlo mal por agresión a su autoestima (afortunadamente no es mi caso, procuro cada día trabajar para tener las reservas de capital psicológico altas y así poder soportar estos embates). La cuestión es que durante nuestra fugaz conversación, F. me sorprendió afirmando que «yo hacía lo que hacía porque era un infeliz en la vida, y esta infelicidad la estaba descargando contra personas inocentes».

Esta pensamiento de mi amigo F. provocó cierta disonancia en mi consciencia. Por un lado, F. decía que yo era un infeliz, pero por otro, mantengo la creencia de que estoy pasando por una época especialmente buena en mi vida (estabilidad personal sumada a logros y superación frecuente de pequeños retos). Así que no me quedó otra que ponerme a reflexionar.

Hace unos años dediqué varios meses al estudio del concepto de felicidad. Definiciones hay muchísimas. Recomiendo especialmente los trabajos del psicólogo premio Nobel de Economía Daniel Kanheman —aquí una interesante conferencia TED en 2010 sobre el tema.

Y tras dedicar algunos ratos de rumia, hasta ahora mi diagnóstico es que actualmente tengo bastantes motivos para ser feliz, especialmente en este 2019, por las siguientes razones:

Mi familia está bien:
Tanto mi padre como mi madre son los mayores de sus hermanos. Ambos han pasado ya los 70. Aunque con los achaques de la edad, en general están bien de salud. A mi padre le operaron del colon hace varios años y afortunadamente solo quedó en un susto (nos asustó mucho, pero quedó ahí). Mi madre tuvo un percance hace tres años (resbaló y se rompió el pie por tres o cuatro sitios) y se recuperó milagrosamente pudiendo caminar de nuevo en menos de un año (tras una operación donde le metieron un montón de «hierro» dentro, eso sí 😅). Todos mis tíos y tías por parte de madre y padre están vivos y todos mis primos están bien (aunque a mi tío Antonio y a mi tía Encarna les han operado recientemente, todo les ha salido bien); en la fase de la vida que nos pilla, esto es un gran motivo para estar feliz. Se lo digo a mis padres de vez en cuando: papá, mamá, somos muy afortunados por tener tanta salud. Yo pienso en esto cada día y me pongo feliz.

Trabajo por placer:
Tengo pendiente escribir un libro sobre ello, sobre la libertad o independencia financiera. Gracias a una gran dosis de suerte y a mi habilidad y estrategia en la vida, desde hace unos años puedo decir que he logrado casi la plena independencia financiera. Eso quiere decir básicamente que puedo vivir sin estar obligado a «trabajar» como comúnmente entendemos el concepto de trabajar. La independencia financiera se alcanza cuando con tus ingresos pasivos cubres tus costes fijos y parte de los variables, algo que conseguí hace unos años (con mis propios recursos sin haber heredado nada de mis padres, aún), y se supone que salvo catástrofe, podrás mantener hasta el día de tu muerte. Esto no quiere decir que no trabaje, porque la realidad es que trabajo algunas horas al día en un trabajo «serio» (principalmente como administrador de una empresa familiar) y muchas horas en «otros trabajos», pero lo hago «por placer», no «por obligación», y eso da bastante felicidad (bueno, y no tener un jefe que te toque las pelotas cada día, jejeje). El resto del tiempo lo empleo en estudiar/investigar. Haber conseguido la independencia financiera antes de los 40 años es un motivo para estar muy feliz (dormir tranquilo cada día es lo que más valoro desde hace varios lustros).

Carrera de ratas - Imagen obtenida de: https://latinmoney.net/sal-de-la-carrera-de-las-ratas-antes-de-convertirte-en-una-rata/

Carrera de ratas – Imagen obtenida de: https://latinmoney.net/sal-de-la-carrera-de-las-ratas-antes-de-convertirte-en-una-rata/

Poder desayunar durante una hora leyendo la prensa:
Hace muchos años mi primo Paquico, en una de las muchas visitas que me hizo a Madrid, me comentó que una de sus aspiraciones era poder levantarse por las mañanas y desayunar tranquilamente, sin estrés, sin «una hora a la que entrar a trabajar», mientras leía la prensa. Yo creo que tanto él como yo lo hemos conseguido. Sí, algunos días tenemos que viajar y no lo podemos hacer, pero al menos yo la mayoría de los días tengo el placer de levantarme y poder dedicar alrededor de tres cuartos de hora a desayunar tranquilamente porque de una u otra forma, la realidad es que no tengo que fichar a ninguna hora porque el día me lo organizo yo, y la verdad que tampoco madrugo mucho (como soy búho, suelo acostarme tarde porque mi máxima creatividad es por la noche). Empezar el día sin estrés, desayunando con tranquilidad y sin pensar en los marrones que me esperan me hace muy feliz 😊.

Correr una hora a medio día todos los días:
Cuando estaba metido en la carrera de ratas durante mi primera época en Madrid, recuerdo que pasaba mucha envidia cuando veía a la gente correr Arturo Soria para arriba Arturo Soria para abajo en horas de trabajo. Pensaba que esas personas eran afortunadas por poder correr con el sol. Yo no podía porque, al contrario, trabajaba de sol a sol. Cuando dejé el trabajo en Orange ciertamente esta fue una de las cosas que más valoré: poder salir a correr a la hora que me diese la gana. Y desde el 2007 que dejé aquel trabajo eso vengo haciendo cada día, correr antes de comer para poder disfrutar del Sol que tanto me gusta. Esto me hace muy, muy feliz.

Estadísticas Endomondo - Angel Abril Ruiz

Llevar una vida sencilla:
En mi primera fase en Madrid no pensaba como pienso ahora. Sí, yo también viví la etapa de los veintitantos treintaypocos en la que eres joven, estás fuera de casa y ganas mucha más pasta de la que te hace falta. Esta etapa en la que estas intentando hacerte un hueco en la sociedad y compites por el estatus. Compraba bastantes tonterías. Pero no me duró demasiado. Antes de dejar Orange me di cuenta que para lograr ser feliz (y poder salir de la carrera de ratas), debía minimizar mis necesidades. En realidad yo siempre había sido muy austero desde pequeño así que no me costó demasiado volver al redil del vivir con lo justo y necesario. Mi primer Camino de Santiago Mi primer Camino de Santiago (2003)me hizo entender que para vivir no necesitamos mucho más que las cosas que nos caben en una mochila. Cuando en 2008 conviví durante una semana con una familia de refugiados saharauis en su haima, en Tindouf (Argelia), me di cuenta de lo afortunados que somos por el simple hecho de tener agua corriente. Y otra vez me di cuenta de que no necesitamos tantas cosas para vivir. Intento llevar una vida muy sencilla, sin grandes lujos. Intento reducir mi consumo al mínimo, no por una cuestión de economía doméstica, que también, sino más bien por un respeto a nuestro ecosistema. Campo refugiados Tindouf (2009)Más que reciclar intento no consumir, y cuando no hay más remedio, intento reutilizar. Tener la casa grande (vivo en un apartamento de 60m2), el coche grande (tengo un Fiat Panda), el último modelo de teléfono (tengo una Blackberry del 2009) o muchos electrodomésticos, ropa o stuff puede complicar la vida y creo que aumenta tus preocupaciones (bueno, a no ser que verdaderamente tu poder adquisitivo sea realmente alto y consolidado). Según diversos estudios sociológicos (noticia en prensa), un problema (o error) de la actual clase media (cada vez más difícil de definir) es llevar un nivel de vida por encima de sus posibilidades sensatas. Eso les obliga a vivir como esclavos: trabajar para ganar el dinero que necesitan para poder consumir cosas, la mayoría innecesarias, aunque interesantes cuando se trata de competir por el estatus frente al cuñado, el compañero de club o el vecino.
Por el contrario, una vida sencilla y mínima permite, a mí por ejemplo, no necesitar demasiado dinero y así poder vivir sin estar metido en la carrera de ratas, algo que me hace ser bastante feliz.

Poder ir andando al trabajo:
Otra cosa muy sencilla que me hace feliz desde hace años es no tener que desplazarme cada mañana para ir al trabajo. En algunas etapas de mi paso por Orange (no siempre trabajé en la misma sede) tardaba entre 45 minutos y una hora para ir a la oficina y otros tantos para volver. Sentía que mi vida se escapaba en el transporte. Además, el desplazamiento me hacía empezar el día muy estresado; ya llegabas de mala leche al trabajo, cada día, si no conseguías evitar el atasco. Viví aquello y por eso ahora valoro tanto lo que tengo: poder trabajar desde casa, o ir a la oficina andando o en bicicleta, me hace realmente feliz —soy aún más consciente cuando alguna vez veo los atascos y las caras de los que aún están en la carrera de ratas.

He escrito ya un par de libros y tengo claro cuál es mi propósito en la vida:
Este 2019 he escrito mi segundo libro. La experiencia ha sido muy gratificante. Lleva ya unas 3000 descargas en PDF y no llega al centenar de ventas la edición papel en amazon. Lo de escribir los libros fue un gran hito para mí. Realmente esto es a lo que quiero dedicar gran parte de mi vida, a investigar, a escribir libros y a hacer vídeos en Youtube (que también me genera ingresos pasivos, dicho sea de paso 😉). Como no tengo hijos (ni creo que los tenga), esta será mi forma de dejar mi semilla en el mundo (ya que no se propagarán mis genes, al menos quedarán mis memes). Estos dos libros simplemente han sido un piloto, han demostrado cómo lo puedo hacer y que lo puedo hacer. Tengo un punto en el horizonte y un propósito en la vida y eso me hace feliz.

Ver tu objetivo cumplido:
Uno de los objetivos del libro Manzanas podridas era llegar con su mensaje a los jóvenes que se están iniciando en el mundo de la investigación (a las vacas sagradas ya no hay quien las cambie, digo en alguna ocasión). Por un golpe de suerte, en junio de este año 2019, a las pocas semanas de publicar el libro los organizadores del congreso de predocs del CNIC me invitaron como ponente en las sesiones plenarias para la edición de este año. Para mí esto ha sido cerrar el círculo: tener la oportunidad de contar a decenas (¿cientos?) de jóvenes investigadores lo que me condujo a renunciar a defender mi tesis doctoral y toda la investigación sobre malas prácticas de investigación que realicé a partir de entonces. Esto me hizo muy feliz. Pensar en ello me hizo llorar varias veces de felicidad durante este año.

Limitar los contactos sociales:
Quizá para mi amigo F., como para tantas otras personas, tener una amplia red de amigos/contactos sociales sea una clave para la felicidad. Es cierto que algunos estudios hablan sobre la correlación positiva entre la calidad/cantidad de los contactos sociales y la felicidad, aunque esto depende en gran medida de la personalidad de cada cual. En mi caso nunca he tenido gran cantidad de contactos (soy muy individualista). De hecho, desde joven no he mantenido el contacto con las personas que he ido conociendo. Tengo grandísimos amigos, y cuando los he vuelto a ver hemos comprobado que esa amistad se sigue manteniendo, pero sin la necesidad de contactarnos regularmente. Esto tiene que ver con mi alta dosis de individualismo mezclada con la introversión. Los contactos sociales que mantengo son mínimos. Los contactos sociales me generan estrés. Probablemente dentro de unos años esto me haga infeliz, pero de momento me hace feliz porque puedo dedicar más tiempo a conocerme a mí mismo. No usar wasap es un gran punto para mi felicidad 😉.

Estudiar Psicología:
Llevo estudiando el grado de Psicología desde hace tres cursos. Me encanta conocer el comportamiento humano. Ya estudiando teleco recuerdo que decía que al final de mi vida terminaría estudiando Psicología porque me gustaba mucho observar el comportamiento de la gente y preguntarme el porqué. No es que esté llegando mi final y por eso esté estudiando Psicología, ¡jajaja espero que no!, solamente que para seguir avanzando en mi conocimiento creo que esta fase es necesaria. Tener que hacer exámenes y ponerte a prueba de vez en cuando viene muy bien para seguir sintiéndote joven y vivo y para mantener la autoestima nivelada. Estudiar Psicología me hace feliz (bueno, me hace feliz lo que aprendo y aprobar exámenes, estudiar en realidad no me hace feliz 😂).

Ah, y durante este 2019 he roto una barrera que tenía desde hace más de 15 años y que me ha hecho también especialmente feliz (pero esto es muy largo y os lo contaré en mi autobiografía, no os quiero aburrir más hoy 😜).

Es cierto que puedo ser víctima de algún sesgo psicológico, esos que nos hacen modular la realidad para proteger nuestra autoestima (cambiando nuestra perspectiva, actitudes y juicios sobre las cosas para pintarlas de forma positiva), y en realidad si me sometiera a algún cuestionario para evaluar la felicidad podría resultar que no soy tan feliz como me pinto. De todas formas, si os soy franco, creo que mis hábitos y estado psicológico son muy similares a los que podrían esperarse de un individuo con un moderado estado de felicidad: miro a mi alrededor y no puedo quejarme porque soy (como la mayoría de vosotros) muy afortunado por muchísimas cosas.

Así que por todo esto y algo más, no me queda otra que dar gracias al 2019, un año que me ha hecho especialmente feliz y que muy probablemente nunca volveré a superar. ¡Gracias 2019 por haber sucedido!

Angel.

PDTA: por supuesto que cualquiera de vosotros puede ser plenamente feliz por cosas totalmente diferentes a las mías, e incluso yo mismo, ahora soy feliz por estas, pero hace 10 años lo era por otras y dentro de 5 probablemente serán otras distintas. La felicidad es un proceso muy dinámico que varía cada día, sobre todo por la actitud que tengamos hacia la vida.




Lo que nunca antes había contado a nadie sobre mi vida low cost

(Descárgate aquí este artículo en PDF. Probablemente lo leerás más cómodo y lo podrás guardar ¡¡para consultar cuando quieras!!)

Hola chicos!! Hace tiempo que no os cuento nada por aquí. Hoy toca 🙂 .
Quiero hacer un pequeño paréntesis en mi concentración en los estudios de doctorado y elaboración de la tesis, que como muchos de vosotros sabéis, me está haciendo pasar unos meses muy malos, no la peor época de mi vida, porque he tenido alguna peor, pero sí la época en la que psicológicamente me he sentido más herido —humillación, anulación total de mi propia voluntad—, hasta el extremo de llegar a tener crisis agudas de ansiedad que me han llevado a replantearme mi propia existencia en este mundo. Una mala época… pero tenemos que ser positivos!! (ya os contaré con más detalle en un blog específico que he ido escribiendo sobre ello). Así que creo que me viene muy bien desconectar un par de horas y compartir esta reflexión con vosotros 🙂 (por cierto, gracias a todos los que me estáis apoyando en estos malos momentos!!)

 

Citroen 2 caballos Ibiza Love

 

Os cuento. Hoy, aprovechando la visita de Sheila estos días, con la que he charlado largo sobre esto, os voy a contar algo que nunca antes había contado a nadie: las ideas que me llevaron a adoptar mi forma low cost de vida.
Sheila vive en el sur de Inglaterra, en la región de Dorset, y ha recorrido gran parte del mundo. Ha estado unos días de visita en España porque van a comprar una pequeña casa por aquí, donde el clima es mucho mejor que en Portland, su ciudad de residencia actual —como padece de asma, no lleva muy bien la humedad—. Ella ama el Sol, la luz y la libertad, como yo. Ha sido realmente un placer poder charlar con ella 🙂
Durante nuestras conversaciones en los desayunos, nos dimos cuenta que nuestro modo de afrontar la vida coincidía en muchos aspectos, y también nos dimos cuenta de lo raro que a veces esta idiosincrasia de vida podía resultar para la mayoría de personas, aunque parece que cada vez más personas están uniéndose a esta corriente. Esta filosofía que paso a contar, es la que define bastante mi forma de ser desde hace unos años —bueno, más bien, es uno de los pilares de mi vida—, y aunque en mis actos diarios queda reflejada, hasta ahora no la había compartido expresamente con nadie, así que ahora que he reflexionado con Sheila al respecto y lo tengo calentito, creo que estaría genial compartirlo también con vosotros.

La idisosincrasia a la que me refiero la llamo «filosofía de vida low cost». Más o menos por el nombre podéis imaginar de qué se trata, pero no quiero quedarme solo en el nombre, os quiero contar y justificar porqué decidí que esta fuese mi forma de vida (como veréis, no es algo nuevo ni inventado por mi). Quizá por esta forma de vivir, me consta que muchos de vosotros me véis como a un bicho raro (algo que por otro lado, me satisface enormemente 😛 ). No pensad que intento decir que esta forma de vida es mejor que otra —¡seguro que hay otras mucho mejores!—, tampoco quiero convencer a nadie; solo quiero compartir con vosotros porqué yo decidí llevar una vida low cost. Aquí va:

1. La vida es limitada en el tiempo. Cada día que nos levantamos puede ser nuestro último día. Ser conscientes de esto, cada día, nos puede ayudar a otorgar a cada cosa la importancia que realmente se merece. A veces nos preocupamos por gilipolleces que probablemente no tendríamos en cuenta si supiésemos que solo nos quedan dos meses de vida en este mundo (la realidad es que para algunos de nosotros, esto será efectivamente así). No vamos a estar aquí para toda la vida, aunque nuestro legado sí lo estará —algunos dejan su legado a través de hijos (forma inconsciente a la que la biología ha recurrido para conseguir que perpetuemos nuestros genes en el mundo), quizá otros a través de obras físicas o ideas; lo normal es que cada cual intente dejar «un legado» que le haga sentirse realizado.

2. Ser feliz. No hay que ser un lince para escribir esto: cuando somos felices estamos a gusto 🙂 . Nuestros estados corporales y mentales encuentran un bonito equilibrio cuando estamos en felicidad. Ya que la vida es limitada, y ser feliz es tan bonito, tal vez lo más inteligente sería desear ser feliz durante el tiempo que estemos en la vida, ¿no?
Hay decenas de estudios que hablan sobre la felicidad. Daniel Hilbert en su Stumbling on Happiness, Daniel Kanheman en su Thinking Fast and Slow, Sir Ken Robinson en su The Element, Mihaly Csikszentmihalyi en su Flow, nos aportan en algún momento su punto de vista a propósito de este bien tan preciado que es la felicidad. El instituto americano Gallup, con quienes colabora habitualmente el nobel Kanheman, se encarga de hacer encuestas en todo el mundo y de aclararnos un poco más sobre lo que nos hace felices. Los bienes materiales nos hacen felices, es cierto, pero durante un periodo muy corto de tiempo. La habituación a un bien material es rápida y por tanto su efecto en nuestra felicidad es breve —nos habituamos muy pronto a tener el último modelo de Aifon o un coche deportivo—. Otra cosa que nos hace felices es el dinero. El dinero nos hace felices, pero a partir de cierto umbral (una mínima cantidad asociada a los niveles básicos de supervivencia), ya no consigue hacernos más felices.

3. El mundo y los que nos rodean. Pero por encima del dinero, hacer buenas obras por los demás, ser «un buen ciudadano», realizar acciones positivas que sabes que van a tener un impacto a largo plazo sobre las generaciones posteriores, aportan una felicidad más duradera, según ha sido demostrado en diversos estudios. Diríamos que los objetos materiales son como tomarse un Red-Bull, que te da alas en «0,» pero las pierdes también en «0,», y hacer buenas obras por los demás y por el entorno que te rodea sería como llevar una dieta mediterránea, que no te da el subidón, pero te asegura una buena salud a largo plazo 🙂

Así la cosa, con solo estos tres puntos, lo que habitualmente pienso es que si tenemos en cuenta el poco tiempo que vamos a estar en este mundo, y que lo más guay para el conjunto de genes que conforma nuestro cuerpo es ser feliz, lo más inteligente sería intentar ser felices la mayor parte del tiempo, ¿no? El dinero, a partir de cierto umbral, no aporta felicidad, pero sí que podemos crecer en felicidad haciendo cosas buenas por los demás y por el mundo. Haciendo un paralelismo con el mundo del «running», podríamos decir que la felicidad que conseguimos con nuestras buenas acciones por nuestro entorno, es una felicidad de ultrafondo, y la felicidad que conseguimos con bienes materiales, es una felicidad de pista de atletismo 🙂

De esto me di cuenta, digamos, que a partir de los treinta, más o menos. Cuando era más joven —y había leído menos— quizá pensaba de otra forma (cuando somos más jóvenes la motivación de estatus nos hace buscar un hueco en la jerarquía social, y pretendemos éxitos que reflejen nuestra valía ante el resto de personas), pero lo cierto es que los pensamientos, prioridades y deseos cambian a lo largo de la vida, por más que de jóvenes nos cueste reconocerlo, la ciencia ha demostrado que es así.

Buscando el equilibrio tiempo/dinero/felicidad
Recuerdo mis primeros años trabajando en Madrid (Orange), y recuerdo a mis compañeros de oficina, mayores que yo, que me decían que «no iba a heredar la empresa», y me preguntaban porqué trabajaba tanto. Trabajaba hasta tarde en la oficina, buscaba libros para aprender más, y me tiraba estudiando TCP/IP los fines de semana, para conseguir dar soluciones a las necesidades de conectividad a internet de nuestros clientes. Muchos días no salía a comer y me quedaba trabajando en la oficina. Algunos me decían: «Angel, el trabajo envilece» y yo les decía que para mi era todo lo contrario, el trabajo era mi fuente de inspiración y crecimiento personal. En aquel momento, creo que realmente lo era y en muchas ocasiones lo ha sido. Pero llega un día en el que ves que quizá no merece la pena currar tanto; ganas mucho dinero, sí, pero con el coste de dejarte otras cosas en el camino. Por supuesto que el trabajo es necesario, no estoy hablando de eso, y es cierto que hay muchísima gente que su trabajo la hace feliz, porque han encontrado en él «su elemento» y «fluyen» en él cada día. Esto está genial y no deberían cambiarlo por nada, ya que el objetivo de ser feliz, lo tienen cumplido. Pero hay otras personas a las que quizá el trabajo no les hace tan felices, y realmente éstas sí están dejando pasar un tren con vagones llenos de posibles fuentes de felicidad, pero «aguantan» en el curro porque necesitan dinero para mantener su «tren de vida».

La clave en este punto, está en darse cuenta de si todas esas «necesidades» que tenemos, son necesidades reales, básicas, o son necesidades creadas por patrones sociales, quiero decir: como el vecino tiene un Volvo XC60, yo tengo que tener otro, al ser posible el XC60 sport full equipt megachachi; como el vecino ha ido a París de viaje, yo tengo que ir a Nueva York; como mi cuñado se ha comprado el último smartphone de Samsung (el que se quema), yo voy a comprar el Aifon 8…

Las marcas, por supuesto, tienen probablemente la mayor responsabilidad por crear esta necesidad de «gastar» constantemente. Con su obsolescencia inducida, nos hacen pensar que realmente necesitamos el último modelo de cada cosa: necesitamos el último modelo de teléfono o de ordenador o de televisor; necesitamos las últimas zapatillas con suela de mega-super-hiper-gominola, necesitamos el último GPS, necesitamos probar las últimas galletas hiperenergéticas que no engordan, necesitamos… gilipolleces, vamos. Y las marcas están felicísimas con que nosotros entremos al trapo.

Obviamente, para estar a la última en todo, necesitamos mucho dinero, y para conseguir mucho dinero, o somos unos genios, o bien tenemos que trabajar mucho, por lo que nos queda poco tiempo para hacer otras cosas que quizá podrían hacernos más felices. Supongo que ya sabéis hacia donde quiero ir, ¿no?… La clave está en encontrar aquel equilibrio entre dinero y tiempo que consiga maximizar nuestra felicidad.

Consume más, consume distinto, compra, tira compra
Pero esto no siempre fue así. A principios de siglo —y desde el comienzo de la historia humana— consumiamos productos principalmente por necesidad. Necesitábamos una vaca, la comprábamos; rompíamos unos pantalones, los cosíamos, se rompían de nuevo, y los volvíamos a coser; se rompía el Ford-T (bueno, en España años después el SEAT 600), íbamos al taller y lo arreglábamos 50 veces; comprábamos alimentos a los productores de la zona; comprábamos harina y hacíamos nuestro propio pan; hacíamos matanza una vez al año y fabricábamos nuestros embutidos… Y esto era así, consumíamos por necesidad.

Pero en Estados Unidos algo cambió a principios del siglo pasado. Para salir de la crisis de los 20, algunos gurús tuvieron la genial idea de «inventar el marketing» y la manipulación de masas (algunos ven a Edward Bernays, sobrino de Sigmund Freud, como el padre de la propaganda y la manipulación), y del marketing vino la diferenciación, estimulando directamente la parte irracional de los individuos y sus necesidades psicológicas fundamentales. Ahora lo que comprabas era una parte más de ti, de tu personalidad, y te definía como individuo social (como aún sigue siendo).
Ya no todos los productos eran similares, sino que el cliente podía elegir qué producto deseaba. Incluso le hicimos creer al consumidor que debía exigir productos diferentes para conseguir diferenciarse del vecino, y lo más importante, que lo que consumías decía mucho de lo que eras. Ya no tenías que comprar el Ford-T negro, porque General Motors te permitía elegir entre rojo, gris, amarillo, granate, verde e incluso el negro. Había comenzado la era del consumismo.
Incrementar el consumo a través de la creación de necesidades «no reales» en los consumidores, era el bálsamo de fierabrás para sacar al mundo de la recesión. La industria necesitaba más mano de obra para hacer más tipos diferentes de productos, más gente trabajaba, la renta aumentaba, el consumo aumentaba, y así todos «felices». Pero esta espiral creó en nosotros necesidades artificiales, no reales, que las empresas estaban encantadas de satisfacer. Esto pudo estar bien cuando éramos  menos de 2 500 millones de habitantes en el mundo (en los años 20), pero la población mundial se ha disparado de forma exponencial en las últimas décadas. Ahora somos unos 7 500 millones. Y continuar con este nivel de consumo (sobre todo con el nivel de consumo de Estados Unidos), parece conducirnos a un punto sin retorno.

Crecimiento insostenible
Aquí podemos ver cómo los humanos hemos ido poblando nuestro planeta Tierra.

Fuente: Wikipedia

Fuente: Wikipedia

De por sí, todo esto del consumo no es tan malo. Las personas compran, tiran, compran y con ello creen ser felices (recordemos que el punto de partida que hemos puesto es que la pretensión es conseguir ser lo más feliz posible en el poco tiempo que cada uno de nosotros vamos a estar en este mundo). A mayor consumo, más trabajo, hay más dinero y la gente es aparentemente más feliz. Esto sería ideal, sí, si los recursos fuesen infinitos, pero no lo son. Estamos acercándonos a unas tasas de explotación de los recursos disponibles nunca antes conocidas en la historia. Sobre esto hay multitud de teorías. Thomas Malthus (1766-1834) ya hipotetizó sobre la escasez de recursos a la que nos íbamos a enfrentar en el planeta, debido al crecimiento de la población. La predicción malthusiana no se ha cumplido, probablemente debido a los avances tecnológicos —agricultura intensiva— que nos han permitido sobreexplotar los recursos disponibles, es decir, producir más cantidad en menos espacio.

Pero un grave peligro nos acecha. De los 7500 millones, más de 3000 millones (1250 India, 1350 China…) son países que se están aproximando cada vez más al nivel de consumo de los países más desarrollados. Si India y China, y algún día los países de África, alcanzan el nivel de consumo de Estados Unidos, nos cargaremos sin duda el planeta Tierra, y desgraciadamente, sobre esta afirmación sí que hay un consenso mundial de toda la comunidad científica. Stephen Hawking ha escrito reciéntemente que la humanidad tendrá que poblar otros planetas si desea sobrevivir…

La obsesión por crecer
Y el problema está en la obsesión por crecer. En un sistema donde los recursos son limitados, no es posible crecer de forma permanente. Las escuelas de negocios han enseñado a los directivos de las empresas que la forma de garantizar el «éxito» es creciendo. Cada trimestre hay que facturar más, hay que tener más clientes, más volumen… y si algún año no superas las cifras del año anterior, el mercado te castiga devaluando tu cotización en bolsa. Pero no solo pasa en las empresas. Como individuos, la cultura actual parece arrastrarnos también a crecer de forma permanente. Vives con tus padres cuando eres pequeño, compartes piso cuando estudias en la universidad, luego te vas a vivir solo de alquiler, luego compras un pequeño apartamento, luego un piso más grande, hasta que por fin consigues tener un pequeño chalet en la urbanización de las nuevas parejas jóvenes y exitosas (¡enhorabuena a todas las parejas jóvenes y exitosas que vivís en esa urbanización tan chula, sois lo más de la sociedad!). Después del chalet, vendrá la casita en la sierra o en la playa y luego tal vez, otro chalet ya no adosado sino independiente, con una gran parcela alrededor y con una gran piscina, muy probablemente climatizada, para poder usarla también en invierno.

¡Crecer, crecer, crecer!, sí, crecer está bien, siempre y cuando no agotemos los recursos disponibles y no estemos creando más perjuicio que beneficio al mundo que nos rodea.

Si volvemos al inicio, podemos comprender porqué nos obsesionamos con crecer. Obtener bienes, comprar cosas, es una fuente de felicidad; pero la felicidad que conseguimos con estos bienes materiales es de paja, de esa felicidad que se viene abajo con dos soplidos del lobo feroz.

La fórmula que me ilumina
Así que con todo lo que hemos visto hasta ahora, la fórmula no parece demasiado complicada. A saber: por un lado, hemos visto que probablemente lo inteligente es intentar ser felices el poco tiempo que vamos a estar en este mundo; para esto, la ciencia nos dice que los bienes materiales no dan una felicidad de calidad, pero que sí que nos puede llenar de felicidad y propósito en la vida hacer buenas acciones por los demás y por el mundo —conseguir dejar un legado positivo que nos trascienda—. También hemos visto que para llevar el elevado nivel de consumo que supuestamente nos hace felices, necesitamos mucho dinero, pero a no ser que seamos unos genios —o unos estafadores— conseguir ese dinero nos va a llevar mucho tiempo, tiempo que vamos a dejar de disfrutar de nuestra familia, de nuestros amigos, o de otras actividades con las que quizá podríamos maximizar mejor nuestra felicidad.
También hemos hablado sobre el daño que este nivel de consumo está ocasionando al planeta. Los recursos son finitos, y a pesar de la tecnología, si seguimos así, las próximas generaciones nos acusarán de nuestra avaricia y nuestra codicia, y de nuestra hambre voraz e inconsciente que está desolando el planeta.

¿Cuál es la fórmula entonces? Sencilla: ¡disminuir nuestro nivel de consumo!

Si disminuimos nuestro nivel de consumo, necesitaremos menos dinero. Si necesitamos menos dinero, tendremos más tiempo libre para estar con nuestra familia y con nuestros amigos o con nuestra/o amante y disfrutar de las cosas que nos hacen felices, porque tendremos que trabajar menos. A la misma vez, disminuyendo nuestro nivel de consumo, convirtiéndolo en un consumo responsable, contribuimos a mejorar la salud del planeta y aportamos nuestro grano de arena al objetivo de conseguir dejar un mundo mejor a las futuras generaciones. Esta buena labor que realizamos incrementará nuestra felicidad de largo plazo, porque estamos ayudando a los demás, estamos ayudando al mundo y son buenas acciones que nos trancenderán en el tiempo —dejamos un legado y tenemos un buen propósito de vida.

Por todo esto —y por alguna cosa más, pero tampoco quiero extenderme demasiado—, desde hace unos años decidí adoptar esta filosofía de vida «low cost» en mi día a día, y creo que de momento no me va demasiado mal y estoy consiguiendo unos niveles de felicidad aceptables (aunque últimamente, los hombres de negro de mi doctorado, estén consiguiendo disminuir mis tasas de felicidad a cero, pero esto será algo puntual que pasará pronto!!).

Con estas explicaciones espero haber aclarado cuál es la causa de mi frugal estilo de vida y cada vez el de más gente (ahora ya podéis criticarme con argumentos!! 😀 ) . Pensad en vuestro nivel de consumo y en la cantidad de cosas que compramos de forma absurda. El mercado nos ha comido el tarro haciéndonos creer que multitud de productos son necesarios, cuando en realidad no lo son. Es una realidad que estamos trasvasando parte de nuestra personalidad a los objetos que nos pertenecen, porque pensamos —de forma inconsciente la mayoría de veces— que esos objetos dicen mucho de nosotros(**). Y no nos damos cuenta que con nuestro elevado consumo, nos estamos cargando el mundo y sobre todo, estamos consiguiendo una felicidad de paja. Probablemente, si disminuyésemos nuestro nivel de consumo, encontrando un equilibrio entre tiempo y dinero, conseguiríamos ser mucho más felices. Piénsalo 😉 .

Una besa y un beso para todos y gracias por estar ahí!
Angel.

PDTA: si quieres saber de forma práctica en qué consiste mi forma de vida low cost, déjame un comentario, escríbeme por twitter o facebook y así me motivarás para seguir desvelando mis secretos 🙂

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Epílogo: Las corrientes
Como ya os dije al principio, aunque todo esta locura que os he contado he ido rumiándola de forma pausada y sosegada con el paso de los años, leyendo muchísimo y observando el entorno y a las personas que nos rodean (me fijo mucho, como un búho), sí que es cierto que no os he contado nada original que no esté inventado ya (¡siento no ser original, jaja!), puesto que hay diversas corrientes que aglutinan de una u otra forma parte de lo que os he contado (aunque en realidad ninguna de ellas refleja fielmente la idea que he compartido con vosotros). Aquí van algunas:

· La Economía del Bien Común: la economía del bien común es un proyecto económico parido por el austriaco Christian Felber (habla español perfectamente, menos mal, jeje), que basa su idea en ciertos principios como el de maximizar el bien común que las organizaciones brindan a la sociedad, frente a la búsqueda constante de beneficios económicos (ver más aquí).

· Frugalidad: Según Wikipedia, «frugalidad es la cualidad de ser ahorrativo, próspero, prudente y económico en el uso de recursos consumibles (como la comida o el agua), así como optimizar el uso del tiempo y el dinero para evitar el desperdicio, el derroche y la extravagancia. En la ciencia del comportamiento, la frugalidad ha sido descrita como la tendencia a adquirir bienes y servicios de manera restringida, así como el uso optimizado de los bienes económicos y servicios que ya se poseen con la finalidad de lograr uno o varios objetivos a largo plazo.»

· Decrecimiento: El decrecimiento es una corriente que apuesta por encontrar un nuevo equilibrio entre los recursos naturales y el sistema económico: https://es.wikipedia.org/wiki/Decrecimiento

· Economía circular: Es una nueva forma de considerar la producción de bienes y servicios. Trata de diseñar los productos de forma tal que se minimice el uso de recursos, y que todos los recursos utilizados puedan volver al inicio de la cadena una vez consumidos: https://es.wikipedia.org/wiki/Econom%C3%ADa_circular

· Movimiento slow: Johnjo Ortega me apunta por facebook que el movimiento slow también está bastante relacionado con esta filosofía y así es. Es una propuesta que aboga por vivir la vida de una forma más pausada que la actual, saboreando los instantes y valorando mucho más el tiempo que pasa, que nunca volverá a pasar. Aquí sobre el movimiento en la wiki en Inglés: https://en.wikipedia.org/wiki/Slow_movement_%28culture%29

· (22DIC16) Incorporo a las referencias este artículo titulado La economía del bien común: en busca de un nuevo paradigma económico», de Joan Ramón Sanchís. > http://nuevarevolucion.es/la-economia-del-bien-comun-busca-nuevo-paradigma-economico/

· Vida sencilla: (13ENE17) Incorporo como referencia el enlace al concepto de «vida sencilla» (o minimalismo), como un estilo de vida en el que las personas eligen vivir con pocas cosas para disfrutar más del tiempo que les deja el hecho de necesitar poco dinero para vivir: https://es.wikipedia.org/wiki/Vida_sencilla

(**) Que los objetos que poseemos dicen mucho de nosotros es un hecho real (un sesgo cognitivo bien estudiado por la psicología social). En realidad, es cierto que juzgamos a los demás por su forma de vestir, por el coche que tienen o por el teléfono que poseen. Pero como digo, es un sesgo cognitivo, un mal funcionamiento de nuestro sistema de inferencias, del que la evolución nos ha dotado; hace miles de años era una ventaja para sobrevivir, pero hoy, nos puede llevar a engaño con mucha facilidad (y si no, recuerdo el caso del pequeño Nicolás o del español Francisco Javier González Álvarez, que estafó cientos de millones de dólares haciendo creer que era un magnate del petróleo, porque «aparentaba ser un magnate del petroleo».)

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Cita: cuando uno deja de centrarse en el dinero…

Cuando uno deja de centrarse en el dinero y comienza a concentrarse en vivir con pasión, empiezan a suceder cosas extraordinariamente sorprendentes y maravillosas. Reevalúe por qué valora las ideas y las cosas que le interesan.

Fuente: «Cómo dejar un trabajo bien pagado«, BBC Mundo (Consultado el 16 de Mayo de 2014)




¿Eres ambicioso de mente o de corazón (como el manzano)? (diálogo entre Merlín y el Caballero)

Flor de manzano - Vía flickr fotoblasete

Extraído de un diálogo entre el mago Merlín, y el Caballero de la Armadura Oxidada, frente a un frondoso manzano dentro del Castillo del Conocimiento (libro Robert Fisher):

—Me estáis confundiendo —musitó el caballero—. Sé que las personas necesitan tener ambición. Desean ser listas y tener bonitos castillos y poder cambiar el caballo del año pasado por uno nuevo. Quieren progresar.
—Ahora estáis hablando del deseo del hombre de enriquecerse —dijo Merlín—; pero si una persona es generosa, amorosa, compasiva, inteligente y altruista, ¿cómo podría ser más rica?
—Esas riquezas no sirven para comprar castillos y caballos —dijo el caballero.
—Es verdad —Merlín esbozó una sonrisa—, hay más de un tipo de riquezas, así como hay más de un tipo de ambición.
—A  mí me parece que la ambición es la ambición. O deseas progresar o no lo deseas.
—Es más complicado que todo eso —respondió el mago—. La ambición que proviene de la mente te puede servir para conseguir bonitos castillos y buenos caballos. Sin embargo, solo la ambición que proviene del corazón puede darte, además, la felicidad.
—¿Qué es la ambición del corazón? —le cuestionó el caballero.
—La ambición del corazón es pura. No compite con nadie y no hace daño a nadie. De hecho, le sirve a uno de tal manera que sirve a otros al mismo tiempo.
—¿Cómo? —preguntó el caballero, esforzándose por comprender.
—Es aquí donde podemos aprender del manzano. Se ha convertido en un árbol hermoso y maduro, que da generosamente sus frutos a todos. Cuantas más manzanas coge la gente —dijo Merlín— más crece el árbol y más hermoso deviene. Este árbol hace exactamente lo que un manzano debe hacer: desarrollar su potencial para beneficio de todos. Lo mismo sucede con las personas que tienen ambiciones de corazón.
—Pero —objetó el caballero— si me pasara el día regalando manzanas, no podría tener un elegante castillo y no podría cambiar el caballo del año pasado por uno nuevo.
—Vos, como la mayoría de la gente, queréis poseer muchas cosas bonitas, pero es necesario separar la necesidad de la codicia.
—Decidle eso a una esposa que quiere un castillo en un mejor barrio —replicó mordaz el caballero.
Una expresión divertida se dibujó en el rostro de Merlín.
—Podríais vender algunas de vuestras manzanas para pagar el castillo y el caballo. Después podrías dar las manzanas que no necesitarais para que los demás se alimentasen.
—Este mundo es más fácil para los árboles que para las personas —dijo el caballero filosóficamente.
—Es una cuestión de percepción —dijo Merlín—. Recibís la misma energía vital que el árbol. Utilizáis la misma agua, el mismo aire y la misma nutrición de la tierra. Os aseguro que si aprendéis del árbol podréis dar frutos y no tardaréis en tener todos los caballos y castillos que deseáis.

Creo que la «ambición del corazón» es otro de los ingredientes para conseguir la felicidad.

Espero que esta reflexión pueda aportarte algo positivo.

Un fuerte abrazo,
aabrilru.

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[Ediciones posteriores: Signos de puntuación corregidos el 26-04-2019}




El día en que Eduard Punset me dió una palmadita en el hombro y me dijo «hola»

Me muero por compartir esto…

Esta tarde he tenido el placer de asistir al Global Alumni Forum de la IE Business School, donde nos hemos reunido más de 1000 «directivos» de 55 países. Mis seguidores de twitter, lo han podido sufrir durante la tarde 🙂

He quedado francamente admirado por las palabras del presidente de Televisa, Emilo Azcárraga, que con tan solo 29 años, condujo a Televisa a ser uno de los principales grupos de comunicación a nivel mundial. Por su sencillez y claridad en sus palabras, y por su profundidad y forma de pensamiento, transmitía ser una persona con una gran base en la ética del carácter (principios), frente a la ética de la personalidad (superficial), que bajo mi punto de vista, es la que más se predica en el IE y otras escuelas de negocios: la superficilidad de la personalidad, frente a la gestión por principios éticos, algo de lo que estoy totalmente en contra.

El plato estrella, sin lugar a duda para mí, era la conferencia de Eduard Punset; tengo admiración por él. La conferencia, en Inglés, ha girado entorno a «la felicidad».

Desde que envié mi solicitud de acreditación al evento, tenía la esperanza de poder decirle en un momentillo: «Hola Eduard, te admiro y te doy las gracias por cómo has conseguido democratizar «la ciencia» para que llegue a todos los estamentos sociales en España. Gracias Eduard». Era evidente, que este pensamiento estaba más cerca de la utopía que de la realidad, porque con mil personas en el auditorio que querrían saludarle, no iba a ir yo a «molestarle»…En fin, que no me molaba dirigirme hasta él e interrumpirle con esa cursilada, que seguro estará hasta el moño de escuchar…

Habrá sido el destino, habrá sido el azar, la telepatía, o las neuronas espejo :), pero, tras terminar la conferencia, aplausos y fotos de rigor, al bajar Punset del escenario por la parte derecha (desde el punto de vista del espectador), yo, como otras decenas de personas, sentado en mi butaca (tercera fila), nos hemos quedado mirándole con ojos de admiración, mientras él salía, abandonando el escenario… y es entonces cuando ha sucedido: al pasar a mi altura, se ha parado un segundo a mi lado, me ha dado un golpecito en el hombro y me ha dicho mirándome a los ojos: «hola», a lo que yo le he respondido: «hola». ¡Dios!, ¿habrá sido mi mirada que le decía a su mirada, «Eduard, me gustaría saludarte»?, ¿habrá sido telepatía?, ¿las neuronas espejo?. ¡Me ha dado una palmadita en el hombro y me ha dicho hola!… un auténtico flechazo :).
Probablemente luego, habrá saludado a decenas más por detrás, seguro, no lo sé porque no he mirado para atrás, pero me ha hecho sentir especial y francamente bien.

En fin, es «lindo» (como hubiese dicho el cuate Azcárraga ;), ver cómo tan insignificante detalle, ha sido una gran alegría, y me ha dado la felicidad… Intentaré disfrutarla. Gracias Eduard.

Aquí una foto durante la conferencia:

Eduard Punset en el IE Global Alumni Forum 2011, Madrid

aabrilru




consumismo, felicidad efímera, niños que mueren de hambre

hay gente (la mayoría) que consiguen su felicidad desde el consumismo. Es como una droga, consumir les mete un chute de felicidad (efímera); hay gente que cada pocas semanas, necesita «darse un caprichito consumista» (¿para tapar otros vacios?).

Dice mi padre que si todo el mundo pensara como yo, no existiría esta sociedad, porque las empresas no venderían. Yo digo, que efectivamente, no existiría esta sociedad, sino otra más sostenible y tal vez, justa. Piensa en los niños que mueren de hambre para que la minoría de población del «primer mundo» podamos vivir en nuestro desenfreno.

Por un mundo más sostenible.