Punto y seguido. Vendí las acciones de mi empresa de Madrid. ¡A reinventarse de nuevo!

Mi amiga @anaborg -que es muy sabia- me dijo hace 3 o 4 años algo así como que «la manzana cae del árbol cuando está en su punto»; es una frase que guardo con mucho cariño desde entonces.

Los melocotoneros de papá florecen cada año

Aunque la virtud de la naturaleza es provocarnos preguntas constantes, a veces también nos regala respuestas. Cuando el invierno muere, la sabia primaveral despierta con latente y vigorosa energía. Es así, año tras año, y así debe ser para que la evolución siga abriéndose paso. Una renovación constante.

La semana pasada cayó una manzana importante en mi vida. Tras varios meses de negociación, vendí las acciones de «mi empresa» de Madrid. Es la empresa donde he estado trabajando principalmente durante los últimos 6 años, aunque con esta salida no he puesto fin a mi vena emprendora/empresarial, ya que aún sigo participando en otras dos sociedades: Esdide -ayudé en su nacimiento y luego pasé a ocupar una labor de inversor no ejecutivo- e Interlemon, que es la empresa familiar, donde echo una mano como administrador de la sociedad.

Han sido unos meses bastante duros y desequilibrados -peor lo segundo que lo primero-. He aprendido mucho de abogados, de cómo funcionan los burofax, de la buena constumbre que sería realizar el documento no habitual de «pacto de socios» al inicio de una sociedad, de todos los pormenores legales en las luchas de poder societarias y de la importancia de los valores y los principios, aunque esto último, ya lo tenía aprendido de antes.

Ahora toca reinventarse de nuevo.
En el siglo pasado esto de la reinvención era una causa de temor: las personas por naturaleza social -y biológica- tenemos miedo al cambio. Pero en la sociedad poscapitalista, esto ya no tiene sentido. La reinvención constante -o aprendizaje constante, o tener una actitud que nos aleje del estancamiento- mejora la sociedad por partida doble.
Por el lado social, los individuos en constante reinvención contribuyen a generar una sociedad más competitiva -no en el sentido de ganar más dinero, sino de generar más conocimiento- que nos conduce a un mundo mejor(1).
Por el lado personal, también con evidencia científica (2), la investigación -o simplemente mirando a nuestro alrededor- ha demostrado que las personas en permanente inquietud de mejora y aprendizaje alcanzan mayores índices de felicidad en la vida, que al fin y al cabo es de lo que se trata, ¿no?, !!de ser felices!!.

NOTA: si no te apetece leer entero todo este artículo al menos no te pierdas la breve historia del final. ¡Es muy buena!.

En 1994 dejé la casa de mis padres para estudiar Teleco en Gandía (Valencia). Antes de terminar la carrera encontré trabajo «indefinido» en Madrid -donde también fui arrastrado por una chica, África, suele ocurrir 🙂 -. Estuve trabajando en UNI2/Wanadoo/Orange durante ocho años. En esta época, mientras trabajaba, y ya habiendo terminado Teleco, siguiendo mis inquietudes, comencé a estudiar Ciencias Empresariales en la Complutense; durante tres años, el sistema era levantarme a las siete menos cuarto, ir a la oficina, por la tarde a clase, llegar a mi casa a las once de la noche y así; fines de semana estudiar, vacaciones estudiar…

Era un trabajo muy bueno donde ganaba mucha pasta (mucha más pasta que he ganado seguramente en todos los años siguientes), pero me hacía sentir alienado; no soportaba ver todas las mañanas la imagen de las unidades de producción -nosotros- caminando hacia el parque empresarial de La Finca; no veía personas grises, que lo éramos, sino vacas en el corral siendo ordeñadas, o gallinas hacinadas en los ponederos. Eso es lo que veía cada mañana. Individuos programados para satisfacer las necesidades de Matrix.

Y lo dejé. Y me reinventé. Creé junto con otros dos socios la empresa que ahora he vendido y nos pusimos a emprender. El mundo de la pequeña empresa está en el polo opuesto al de la gran multinacional. Es más divertido.
En este intervalo, ayudé al Ayuntamiento de mi pueblo a ganar un concurso de Ciudad Digital (1,3M€ de inversión) y estuve poco más de un año como director. Por ciertas circunstancias y siguiendo de nuevo con la reinvención constante, durante esta misma época estudié en Madrid el máster de Dirección Comercial y Marketing de una de las escuelas de negocios «big four» del mundo, la IE Business School.
Estos fueron con diferencia los meses más duros de mi vida. Demasiada tensión, demasiada presión, demasiados muros que derrumbar. Pero mereció la pena, sobre todo por la pasión y la juventud del equipo de personas que coordinamos todo aquel cotarro. Demostramos a las catervas de consultores encorbatados que frente a sus obsesivas P&L, había otra forma de hacer las cosas: conocimiento, energía y pasión.
Me consta que todos los miembros del equipo alcanzábamos estados de flujo casi diarios, y eso te engancha tanto como la cocaína -no es una metáfora, es científico, se estimulan zonas del cerebro similares (3)-.

El proyecto de Ciudad Digital terminó y volví a reincoporarme operativamente a la empresa de Madrid, con energías renovadas.
Al principio estuvo bien; nuevos proyectos, nuevas destrezas que adquirir, nuevos contactos,…. Obtuvimos la autorización como operador de telecomunicaciones en varios subgrupos e incluso lanzamos la versión descafeinada de un nuevo producto -descafeinada, porque no tuve el visto bueno de la dirección para desarrollar la parte que realmente lo diferenciaba respecto a la competencia-. Fue divertido mientras me limité a realizar mis tareas y a observar sin criticas las acciones directivas de mis socios. Pero claro, ¡ver cómo se daban tantas pataditas a los manuales de management me corroía el corazón!.

Podría hacer una larga lista de mejores prácticas en la gestión, ¡pero ese será otro artículo!… En resumen, podríamos dejarlo en que teníamos un sencillo problema: los valores y los principios.

Los valores son el mapa que cada uno tenemos para interpretar el territorio. Los principios son el propio territorio, las reglas universales, el origen.

El primer abogado con el que hablé me dijo: – Angel, esto es como la pareja y los divorcios. Cuando ya no hay química, lo mejor es divorciarse porque lo otro es una mala vida-. Y así lo hemos hecho. Y el pasado viernes vendí mis acciones a Eugenio y Miguel.

Es importante extraer el lado positivo de las circunstancias y de ésta, ¡me llevo mucho positivo!; he aprendido multitud de cosas que no las podría haber aprendido ni en la mejor escuela de negocios del mundo.


Ahora llegan nuevos retos. Comencé el doctorado en Economía y Empresa, probablemente vaya a vivir unos meses fuera de España,…; me encataría encontrar alguna forma de aportar lo máximo de mi a la sociedad en aquellas áreas donde ahora estoy centrado: management y marketing (ya tengo algún proyecto arrancado, claro 🙂 ) y probablemente me inminscuya en el mundo de la formación y la consultoría (si crees que te puedo ayudar, avísame 😉 )

Para finalizar, me gustaría dejaros con esta genial historia. No es una leyenda, sino algo que está ocurriendo ahora. Es sobre una tribu india de la Columbia Británica, en la región de Shushwap (4). Aquí va:

«Resulta que Shushwap era una región muy rica y afortunada: rica en salmón y caza, rica en alimentos del subsuelo, rica en agua; una tierra generosa. Un día, hace siglos, los mayores de la tribu que habita esta región dijeron que, en cierta época, el mundo llegaría a ser demasiado predecible y el desafío desaparecería de sus vidas. Sin el desafío, la vida no tendría significado. Así, decidieron que la aldea debía trasladarse de lugar -dentro de Shushwap- cada 25 o 30 años.
La población se trasladaría de lugar y encontraría nuevos desafios que los haría más felices. Habría nuevos arroyos que conocer, nuevos rastros de caza que aprender, nuevas áreas donde abundarían las raíces comestibles. Todos se sentirían rejuvenecer y más sanos. La vida recobraría su significado y valdría la pena seguir viviendo. Y así lo hacen desde entonces».

Piensa ahora, antes de que sea demasiado tarde, si necesitas trasladar tu poblado 😉 .

Un beso y nos tomamos una manzanilla o cerve cuando quieras,
Angel.

(1) «La sociedad poscapitalista», Peter Druker; «Calidad, productividad y competitividad», W. Edwards Deming.
(2) «Flow», Mihaly Csikszentmihalyi
(3) «Y el cerebro creó al hombre», Antonio Damasio
(4) Richard Kool, etnógrafo británico.

 




La economía del saber, los jóvenes que tienen que emigrar de España y Peter F. Druker

Una forma de interiorizar la lectura -o cualquier nueva experiencia- es relacionarla con circunstancias que vivimos de forma personal. Vivimos con especial intensidad las peripecias del personaje de un libro o del protagonista de una película si nos sentimos identificados con él, piensa como nosotros o le ocurren cosas por las que nosotros también hemos pasado; nos reimos especialmente de un chiste cuando nos recuerda alguna situación vivida en primera persona.

Supongo que a nuestro cerebro le resulta más fácil crear una nueva imagen o recuerdo si conseguimos enlazar esa nueva imagen o recuerdo con alguno ya almacenado en sus mapas mentales(1).

Además, probablemente se trate de algún sesgo cognitivo -de los que soy un fan desmedido.

Iniciando el viaje, vía flickr de Unai_guerra

 

Leyendo «La Sociedad Poscapitalista» (1993) de Peter F. Druker (2) (Viena, 1909 – Claremont, 2005), no puedo evitar realizar permanentes conexiones entre las ideas que Druker transmitía hace 20 años y nuestro entorno actual.

En este caso voy a detenerme en el siguiente párrafo:

El saber se ha convertido en el recurso clave de todo trabajo; la creación de empleos industriales de tipo tradicional, como se está haciendo en Estados Unidos, Gran Bretaña y Europa, es en el mejor de los casos una solución a corto plazo y puede que en realidad empeore las cosas. La única política a largo plazo que promete éxito es que los países desarrollados transformen la industria para que pase de basarse en la mano de obra a basarse en el saber. [pág 81]

que me evoca las siguientes reflexiones (con el zoom puesto en España):

  • ¿la mayoría del tejido productivo español se ha transformado en los últimos años desde una «economía industrial» hasta una «economía basada en el saber»?. Probablemente, no tanto como otras economías de países vecinos.
  • ¿la población activa, los trabajadores españoles, están suficientemente cualificados para el paradigma de la economía global basado en el saber?.
    La evidencia invita a pensar que una gran parte de ellos sí está instruida en la nueva economía del saber.

Atendiendo a este planteamiento, podríamos pensar que tenemos un desequilibrio en el sector productivo español. Si me permitís usar la metáfora de hardware como tejido empresarial/industria y software como mano de obra, es como si tuviésemos un ordenador (un hardware) de hace 10 años donde no podemos ejecutar un programa (software) de este año: la antigua máquina física no es capaz de procesar los modernos algoritmos lógicos.

Desde una perspectiva personal (no baso esta opinión en ninguna estadística científica), parece como si una gran parte de la mano de obra sí hubiese evolucionado hacia la nueva era de la economía del saber (en Japón, por ejemplo, lo hicieron muy bien) pero la maquinaría empresarial, la que debe dar empleo a esos trabajadores, aún estuviese en la época industrial y no fuese capaz de absorber a estos «nuevos trabajadores».

No es un razonamiento nuevo ni original, más bien estamos ante una cuestión ya por todos tratada. Esta evocación a partir de las palabras de Druker no es más que una flecha adicional que apunta a la fuente de la «paticojería» de la economía española.

Probablemente, durante la última década, hayamos producido un gran desequilibrio en la economía española entre «hardware» y «software» .
No nos preocupamos lo suficiente de modernizar el hardware y fuimos tirando con hardware y software viejo, porque «funcionaba y daba resultados».

Mientras esto sucedía, había software que sí se estaba modernizando (nuevos trabajadores basados en la economía del saber); al principio encontraban hardware evolucionado donde trabajar. El número de hardware «de nueva generación» crecía a un ritmo suficiente para soportar el «software» de nueva lógica que entraba al mercado.
Ahora bien, llegó un momento en el que el ritmo de crecimiento del software moderno fue superior al ritmo de crecimiento del hardware moderno: ya no había suficientes máquinas modernas de hardware (empresas de la nueva economía del saber) donde pudiese instalarse todo el software nuevo (los trabajadores nuevos del saber).

Así hemos llegado al «gap» donde ahora nos encontramos: tenemos una bolsa de trabajadores cualificados, programados para la «nueva economía del saber» pero no tenemos un número suficiente de organizaciones que absorban esa capacidad creativa.

Sería largo analizar las causas por las que «el nuevo modelo productivo» no termina de cuajar en España. Unos dirán que el gobierno, otros que los empresarios, otros que los trabajadores, otros que Epi y otros que Blás… yo digo que un mix de todos ellos 🙂 .
Mientras tanto, a los jóvenes cualificados españoles les toca emigrar fuera de España y «buscar un hardware» donde poder instalar su «software»…

Como aventuró Peter F. Druker hace 20 años, las economías -y las organizaciones- de los países desarrollados que no estén basadas en la industria del saber, tendrán que replantearse su papel en el mundo.

Gracias por llegar hasta aquí,
un fuerte abrazo,
Angel (aabrilru)

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Notas:
(1) «Y el cerebro creó al hombre», A. Damasio
(2) «Drucker es el más importante teórico de la dirección empresarial de nuestro tiempo», Harvard Business Review.